Así en la bici como en el coche o a pie

Interesante opinión del uso de la bici en Sevilla, en los últimos años.

HACE años, ir en bici por esta ciudad era como una especie de símbolo de progresismo o, visto desde la otra parte, una actitud de irritante pedantería de izquierdas. «¿Tú eres de los de carrilito-bici-ya? Qué grande eres», podían decirte con sevillana sorna tus allegados, tan reluctantes por entonces tanto al uso del velocípedo como de cualquier transporte público: el exagerado estatus del coche y la prepoderancia de éste con respecto a otros medios de transporte no es un rasgo precisamente de desarrollo. Los guasones se referirían al cartelito que llevaban en el transportín de atrás algunos pioneros que reclamaban un carril propio y seguro para las ruedas sin motor: «¡Carril-bici, ya!».

En esta ciudad cuyo clima parece perfecto para ir en bicicleta, hace veinte años no circulaba en bici prácticamente ninguna mujer, y por supuesto ningún hombre con corbata ni tampoco ningún estudiante de camino al instituto. Era tanto por costumbre como por aprecio a la propia integridad física. Ahora, Sevilla es un ejemplo de «movilidad sostenible», dos palabras entonces pendientes de ser acuñadas con sus sentidos actuales, tan políticamente correctos. A día de hoy, miles de personas de toda apariencia y condición laboral circulan sobre dos ruedas desde las siete de la mañana hasta la noche por los muchísimos kilómetros de vías de asfalto verde específicamente creadas para cualquier persona que quiera desplazarse sin tener problemas de aparcamiento ni atascos. Ya nadie duda aquí que ir en bici es bueno para uno y para todos. Sevilla es un ejemplo de éxito en el fomento de la circulación urbana menos agresiva y costosa. Figuramos con ciudades danesas y alemanas en la parte alta de los rankings de eso, la movilidad sostenible. Da igual en este momento que el cambio haya sido «ilustrado» y político más que producto de una demanda popular, que se limitaba a unos cuantos adelantados. La realidad es que cientos de bicicletas transportan a estudiantes de cualquier edad, a empleados que acuden al trabajo con cualquier atuendo y a jubilados o parados que hacen ejercicio sin temor a ser arrollados por un vehículo motorizado. Dormida en la indulgencia de las hemerotecas, más de una columna de opinión de la prensa queda enterrada junto con su sarcasmo contra el carril-bici. Un éxito político que este sitio autocomplaciente no merecía, pero aun así goza. Bien está, si bien acaba.

Sin embargo, como en todas las intervenciones «para el pueblo, pero sin el pueblo», la adaptación de las costumbres a las ventajas sociales depende mucho de la educación de las personas, que en general tarda en acompasarse a la nueva realidad propiciada por sus gobernantes. Los sevillanos no nos comportamos circulando en la bici de forma muy distinta a como nos comportamos al volante de los coches. Aunque hay en ambos casos una mayoría de gente cívica y respetuosa con los demás, hay un porcentaje, minoritario pero demasiado alto, que practica el narcisicismo conductor que nos adorna no sólo como ciudad, sino en general como país (según un estudio de la Comisión Europea de hace varios años, España es el país cuyos conductores son más «narcisos» e infantiles de toda la Unión Europea).

Gente que va más rápido de la cuenta, otros que invaden los territorios peatonales sin dar la prioridad a los viandantes o se meten en contramano por el sitio de los coches. Convertidos a la fe de las dos ruedas sin motor que exigen que un coche respete igual en un paso de cebra a un peatón a cinco por hora que a un ciclista a veinte, y quizá acaben atropellados. Ciclistas que hacen sonar su timbre despóticamente para exigir que se aparte todo ser humano de su trayectoria, incluso mayores atribulados o madres con carritos de bebé; algunos por autoritarismo egocéntrico, otros por su condición de novato inseguro. Olímpicos improbables, tan equipados con sus cascos y sus burras de Decathlón, que abroncan a niñas que patinan, porque ignoran que el carril verde no es sólo para las bicicletas. Kamikazes del equipo SeviBici entre los veladores donde hay mayores y niños. Exhibicionistas y gansos, amedrentados diletantes. Y gente normal. Una fauna que reproduce los vicios del tráfico a motor. Estamos urbana y ciclísticamente por cocer. Crudos. ¿Que hay mucho peatón que invade los carriles-bici? Voy a diario en bicicleta, y creo tener credibilidad cuando digo que la mayoría de ellos son despistados todavía no hechos al nuevo medio. Pero hay quien piensa justo lo contrario, que lo hacen para fastidiar. En este preciso instante que escribo esto leo a una chica de unos 25 años en el Facebook decirle a una sobrina mía que comentaba esto mismo: «Yo optaría por llevarme palante a to los palurdos que van por donde no tienen que ir y su ego es más grande que su educación». Anecdótico, quizá, pero creo que ésta es una visión de la jugada bastante sintomática. Parece que dos nuevos bandos se conforman, en este caso a favor o en contra del uso de la bici.

La bici ha provocado una creciente polarización, que en algunos casos llega a una verdadera tirria recíproca -rayana en el odio- entre ciclistas fundamentalistas y no pocos viandantes o conductores a motor. En realidad, pasará tiempo antes de que exista un equilibrio respetuoso entre las personas que se desplazan por las aceras, plazas, zonas peatonales y calzadas con distintos medios. Pero mucho me temo que pasará como pasa con tantos otros asuntos por estos andurriales: al final, la norma crecerá, el papeleo se exigirá, la multa vendrá, el casco se impondrá. Y creo que este innecesario corsé externo -que proviene de falta de corsé interno- será inevitable, y será tanto culpa de esa abultada minoría de abusivos usuarios de la bicicleta como de aquellos que, frustrados por el éxito del carrilito-bisi, piden más y más cortapisas a una forma de transporte, la bicicleta, que desde que existe no ha tenido obligaciones reglamentarias o administrativas… porque no es lógico que las tenga. Sevilla tiene una normativa al respecto. Como sucede con casi cualquier ley, los ciudadanos no la conocen. El sentido común debería imperar, se supone, y la ley responde a ese sentido común. Pero aquí la palabra común está muy en desuso, y el sentido común, demasiadas veces, también.

Publicado en diariodesevilla.es