Ciudad Rodrigo, no es ciudad para bicicletas

Artículo de opinión de Jesús Cid López.

 Tengo un amigo que presume de ser verde y ecologista. Vive en un pueblo en mitad de la naturaleza rodeado por un bosque de encinas, el Bar dista de su casa 150 metros y a él acude día sí y día también en su Todoterreno.

 Mi amigo pone la cara del Quijote, cuando por Gigantes confundía los molinos, o los ojos del Coyote cuando ve al Correcaminos, al ver que voy al trabajo en bicicleta. A mi compañero y amigo no le entra en la cabeza que en pleno siglo XXI, haya alguien que pudiendo ir al trabajo en coche cómodamente y sin esfuerzo, utilice la bicicleta para ejercer su jornada laboral. No es el único, porque en una ciudad como la nuestra, donde no hay distancias, solamente algunos “raros” optan por ir pedaleando.

 En los Países Bajos las llaman las asesinas silenciosas, hay tantas, que es más probable que seas atropellado por una de ellas que por un coche. Yo aquí las llamaría las víctimas seguras, porque como son rara avis, el conductor del automóvil, o sea el rey de la calle, no sabe cómo actuar, es más; te ignora, te ningunea.

 Mi amigo y compañero dice que deberían habilitar un carril-bici en la ciudad, yo le respondo que los encargados de semejante cosa, no se lo plantean porque no hay una presión que les haga tomar tal iniciativa. No se ven bicicletas por las calles, no surgen problemas ni controversias al respecto, por lo tanto; asunto terminado.

 Otra cosa sería que un número considerable de ciclistas se mezclara con los automóviles, que en ese transcurrir sucedieran conflictos, y ¿quién tiene las de perder? Entonces, sólo entonces, es posible que se tomaran medidas, porque las” Revoluciones”, como a mi amigo y compañero, le gusta llamar a las demandas, han de ser de abajo arriba, siempre fue así.

 Dicho lo cual, mientras es y no es, no creo que sea un dispendio el instalar un Aparca-bicicletas, de hierro o acero inoxidable, da igual, en la Casa de la Cultura, en el Ayuntamiento, o en el Palacio de los Águila, por poner un ejemplo, ya que como están las cosas no es cuestión de dejarlas en cualquier sitio y la única forma de evitar que le “pongan alas” a tú bici es amarrarla a una farola, una señal de tráfico, o a una verja centenaria. Pero si tú, y tú, y tú, y tú, y yo, hacemos semejante cosa, no habrá farolas, ni señales de tráfico ni verjas centenarias suficientes para todos. Porque una cosa es que se invierta en una infraestructura que no se demanda con los hechos, y otra que te quiten las ganas de no joder ni nuestro aire ni tú tímpano. –

 Fuente: salamancartvaldia.es